Franz Wunsch
y Helena Citrónová

- Para Toda la Vida -

Nacido en 1922 en Drasenhofen, Austria, Franz Wunsch era un adolescente cuando tuvo lugar la Anschluss. 

Tras su paso por las Juventudes Hitlerianas, e influenciado por la política de sus días, Franz, a punto de cumplir la mayoría de edad, se alistó en el ejército a fin de servir a la patria como otros muchos jóvenes.

Sin embargo, en 1942, estando en el frente, resultó gravemente herido y exento de combate, siendo así transferido a la unidad SS – Totenkopfverbände para servir en el campo de concentración de Dachau.

En septiembre de ese mismo año, fue trasladado al campo de concentración de Auschwitz donde se convirtió en uno de los supervisores más importantes del sector Effektenkammer, mejor conocido como Kanada, la zona de almacenaje donde se clasificaban y contabilizaban los bienes materiales requisados a los prisioneros cuando estos llegaban al campo. Fue allí donde conoció y se enamoró de Helena, una de las prisioneras a su cargo...

Oriunda de Humenné, Eslovaquia, y nacida en el seno de una humilde familia judía en 1923, Helena Citrónová era la cuarta de siete hermanos. Desde pequeña mostró talento para las artes escénicas, especialmente para el canto y la danza, pasión que con el paso de los años se acentuó, haciéndola soñar con convertirse en una artista sobre el escenario. Desafortunadamente, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su sueño se vio truncado.

Era la primavera de 1942 cuando Jozef Tiso, presidente de la República Eslovaca, decretó que las mujeres judías solteras de entre dieciséis y treinta y seis años, debían abandonar sus hogares durante tres meses a fin de trabajar para el gobierno. Pero, ¿a dónde? Ninguna lo sabía, y el destino no fue otro que el peor lugar que podían haber imaginado: Auschwitz. El decreto de Tiso no fue más que una argucia para deshacerse de la población judía, comenzando por las mujeres.

Junto a casi mil mujeres, Helena llegó al campo el 26 de marzo de 1942, en el primer transporte femenino procedente de Eslovaquia. Una vez allí se le tatuó el número 1971 en el antebrazo izquierdo, se le rapó, se le requisó sus pertenencias, y fue asignada a un exhaustivo comando de demolición.  

Con el paso de los meses, su salud se deterioró, y entonces comprendió que para sobrevivir debía trabajar en otro comando menos exhaustivo. A raíz de este pensamiento, Helena se las ingenió para hacerlo realidad. Sabiendo de la existencia del comando Kanada, la joven supo que era su única vía de salvación, y tras recibir la ayuda de una conocida que trabajaba en dicho comando, consiguió el uniforme de otra trabajadora que recientemente había fallecido. Por un momento, Helena se sintió salvada. La pañoleta blanca que tanto caracterizaba a las mujeres del comando Kanada la camuflaba. Sin embargo, sus sucias sandalias rotas la delataron. Una de las Kapos descubrió que Helena era una infiltrada y la llevó de inmediato ante su superior, el SS Franz Wunsch, quien se encolerizó con la osadía de Helena y sentenció sobre ella su condena: al día siguiente iría al pantano, zona laboral del campo muy peligrosa para los prisioneros.

Llegados a este punto de la historia podemos hallar dos versiones de los hechos. Por un lado, existe un testimonio de la propia Helena alegando que llegó al comando Kanada el mismo día en que Franz cumplía años, es decir, el 21 de marzo de 1943. No obstante, otros testigos lo desmienten al asegurar que Helena llegó a finales de 1942, lo cual indicaría que su primera estancia no coincidió con el cumpleaños de Franz. Lo que sí podemos afirmar, es que Helena cantó para él el mismo día que llegó al comando Kanada ya que ese hecho fue lo que le permitió quedarse puesto que Franz, al prendarse de ella, lo ordenó expresamente. 

Después de aquel encuentro y sin ápice del sórdido deseo carnal que mostraban otros de sus camaradas, el SS Wunsch comenzó a interesarse más por Helena. La miraba con dulzura y procuraba su bienestar enviándole comida e incluso notas de amor a escondidas. Ella por su parte, acogió el cortejo con reticencia, aunque viendo sus continuas muestras de afecto y protección, el austríaco fue ganándose su corazón.

Gracias a la relación que mantuvo con su supervisor, Helena gozó de privilegios que supo aprovechar para ayudar a sobrevivir a otras prisioneras. Sin embargo, su relación con el SS también brindaba consecuencias ya que cada vez que él era violento, el resto de prisioneras, quienes comenzaban a ver a Helena como una colaboracionista, la culpaban a ella de su comportamiento. Ese hecho generó continuas amenazas y agresiones las cuales no pasaron inadvertidas para Franz, quien viendo sus hematomas, le preguntaba por la identidad de los agresores, pero Helena, temiendo por sus vidas, nunca se lo decía. 


Una noche, Helena soñó con su padre diciéndole que al día siguiente sufriría un horrible golpe emocional, y efectivamente, el sueño resultó ser una premonición. Tras la llegada de un nuevo transporte, Helena, que trabajaba en un barracón cerca de uno de los crematorios de Birkenau, reconoció a su hermana mayor, Róžinka, junto a sus hijos, Aviva, una preciosa niña rubia de ocho años, y un bebé de tan solo tres días. Completamente alborotada, Helena escapó del barracón y trató de reunirse con los últimos familiares vivos que le quedaban para morir junto a ellos en la cámara de gas cuando alguien avisó a Franz de lo que estaba ocurriendo. Temiendo por su vida, el SS Wunsch corrió en pos de Helena y la encontró a tiempo. Goleándola frente al resto de sus camaradas para evitar que sospechasen de sus sentimientos, Franz se la llevó a un lugar apartado y le pidió que le dijera el nombre de su hermana para poder salvarla. Helena así lo hizo además de decirle que su hermana había llegado con sus hijos pequeños. Ante eso, Franz fue tajante: los niños no podían vivir en Auschwitz. Pese al dolor que sintió, Helena tomó una decisión. Horas después, Franz regresó junto a ella y lo hizo acompañado. El milagro había sucedido. El SS Wunsch había conseguido salvar a Róžinka, hecho que le valió para terminar de conquistar el corazón de Helena.

Tal y como era de esperar, las autoridades del campo supieron de la relación afectiva que el SS Wunsch y la prisionera número 1971 mantenían.  Alguien había advertido sobre sus sentimientos. Franz y Helena fueron detenidos e interrogados respectivamente. Ambos no cesaron en negar cualquier tipo de relación. Días después, Helena fue liberada aunque castigada a trabajar separada del resto de mujeres. Franz, por otro lado, no lo tuvo fácil. Sus superiores seguían sospechando de él, y dado que el delito de Rassenschande (deshonra a la raza alemana) podía generar demasiada controversia, decidieron sancionarle por otra razón. Aprovechando que la corrupción entre los miembros de las SS en Kanada era común, acusaron a Franz de hurto de propiedades del Estado, hecho que bastó para que estuviera en prisión durante semanas. No obstante, el castigo no bastó para frenar el amor que ambos se profesaban, sino todo lo contrario, y para no volver a tentar su suerte, Franz y Helena fueron extremadamente circunspectos en sus encuentros.

Helena siguió ayudando en todo lo que pudo a sus compañeras, sobre todo a su hermana, quien al descubrir el destino horrible de sus hijos, perdió todo interés por seguir viviendo. Franz, paralelamente, siguió protegiendo a Helena y a su hermana hasta que Auschwitz dejó de existir.

En enero de 1945, cuando el Ejército Rojo avanzaba por el frente, los nazis supieron que Auschwitz tenía los días contados. Con orden de borrar las huellas de sus crímenes perpetrados, dinamitaron zonas del campo a fin de hacerlas desaparecer y evacuaron a los prisioneros hacia la frontera alemana a fin de distribuirles por otros campos.

A mediados de ese mes, Helena y su hermana se prepararon junto a otras prisioneras del comando Kanada para la evacuación, y en ese momento, Franz tuvo el último gesto hacia la mujer que amaba al traerle, a ella y a su hermana, ropa adecuada y dos pares de botas de piel para la partida. Tras estrechar la mano como forma de despedida a los prisioneros que habían trabajado para él, Franz se volvió hacia Helena. El adiós a la que consideraba el amor de su vida fue uno de los momentos más difíciles para él. No obstante, Franz albergó la esperanza de empezar una vida junto a ella después de la guerra, por lo que le entregó una nota con la dirección de la casa de su madre en Viena. Helena, sobrecogida, recordó las palabras de su padre diciéndole que debía comportarse como una buena mujer judía, por lo que declinó la proposición y caminó junto a su hermana hacia un nuevo destino.

Después de la guerra, Franz trató de localizar a Helena. Su búsqueda duró dos años y resultó un fracaso. Disgustado, Franz debió empezar de cero. Se asentó en Austria donde dirigió una agencia de viajes, y conoció a una mujer de apariencia similar a la de Helena con la que se casó y tuvo dos hijos.

Helena igualmente rehízo su vida. Se estableció en Israel, Palestina en aquel entonces, y se casó con un miembro de la organización judía Etzel, con quien también tuvo dos hijos.

Veintisiete años después, Franz y Helena se reencontraron en Viena con motivo al juicio que iba a realizarse contra él por crímenes a la humanidad. Helena testificó en su favor. Tras dos meses intensos, Franz resultó absuelto en junio de 1972. Después de la resolución, nunca más volvieron a verse. Aquel encuentro supuso un brutal choque emocional para ambos y sus vidas no volvieron a ser las mismas.

Cuando Helena regresó a Israel, muchos supervivientes del Holocausto protestaron contra ella, criticando el hecho de que hubiera ido hasta Austria para salvar a un nazi cuando en realidad, el motivo de su absolución fue por falta de pruebas y por la prescripción del delito de acusación.

Al igual que ella, Franz atravesó momentos complicados. Después del juicio se volvió huraño y retraído, pues no eran pocos quienes intentaban sonsacarle detalles de su estancia en Auschwitz y su relación con Helena. En la última entrevista que concedió en 1998 al historiador Andreas Kilian, Franz dijo: «Conocer a Helena me hizo cambiar. Siempre traté de protegerla, de enviarle comida y asegurarme de que no enfermase… Pero no quiero que me hablen más de Auschwitz. He tenido muchos problemas por esa época de mi vida, y lo único que quiero ahora es que me dejen tranquilo…»

Helena, por su parte, en su entrevista ofrecida en 2005 para el documental de Laurence Rees para la BBC, declaró: «Con el paso del tiempo, llegó un momento en el que de verdad lo amé. Arriesgó su vida por mí más una vez (…) Giraba a la derecha y a la izquierda, y cuando veía que no había nadie que pudiera escucharnos, me decía: “Te amo”. Él me hacía sentir bien en ese infierno.»

Helena Citrónová falleció en Tel Aviv en 2007. Franz Wunsch en 2009 en Viena. 


Esta extraordinaria historia demuestra que aun en el peor de los lugares y en las peores circunstancias, el amor puede surgir, porque como dice E. Mucznik en “Auschwitz. Cada día, un día más” (2018): “en Auschwitz se vio lo peor del ser humano, pero también lo mejor, como siempre sucede en condiciones límite.” Es entonces cuando se nos invita a la siguiente reflexión; ¿hizo el amor a un hombre de las SS mejor persona y de una mujer judía una traidora? ¿Salvaron vidas o prolongaron su sufrimiento?

La conclusión a la que he podido llegar es que F. Nietzsche tenía razón: “Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal.”

M. N. 2020

F. Wunsch / H. Citrónová